Invocaciones.

Ejercicios de escritura personales. 

A veces, en la noche, me visita lo que hay. A veces, cuando cierro mis ojos es cuando más claro puedo ver y escuchar, a veces hasta puedo tocar. Existe esta dulce cadena, existe un suave yugo que oprime, que abraza, que desangra. Existe.

Me he rendido decenas de veces ante lo que ha desgarrado mi fe una y otra vez, y otra. Me he rendido tiempos enteros y lo he intentado todo: desintoxicación, flagelación, indiferencia, aceptación, martirio, complicidad, olvido… todo lo he hecho, todo lo he seguido al pie de la letra, cada instrucción la he cumplido pero no hay ningún escape que funcione. Lo he hecho todo. Lo he perseguido todo. Lo he dejado todo, y las horas de la noche me dicen al oído como una oraciòn que no hay forma de liberación. No la hay. Por Dios y su libre albedrío que he conocido la locura y vaciado mi corazón en lágrimas una y otra vez, y otra, buscando sedienta la libertad.

Lo que hay me visita de noche. Me besa, me suspira, desliza sus dedos por cada rincón de mi mente y su nariz dibuja su deseo enseguida de mí. Ojalá pudiera despedirle, pero se escurre en mí y se impregna en el lunar cerca de mi corazón, mientras me sacude sobre su peso para luego reposar sobre mí y recitarme sílabas con golpes de su voz que se deshacen entre el oxígeno, mi oxígeno.

No quiero una tregua. Me descubro rendida en el inconsciente donde se guardan cada una de las palabras que no digo y los olores que se me niegan. Es en la mitad de la noche cuando mi piel florece una y otra vez por invocación, por costumbre, por el lado derecho de la cama.

Lo que existe, me visita. Y me besa. Y si tuviera menos huellas en mi cuerpo, diría con seguridad que solo yo soy la que existe y que mi pensamiento inventa lo que hay en un afán de compasión… pero mi cuerpo está trazado por papilas y yemas, por saliva y pulsos… y si tuviera menos marcas de su respiración en mi rostro, afirmaría entonces que la invocación es solo mía.

Eso que llamamos libertad, no existe, solo existe lo que hay, una cadena sellada a mi cuello, que se estira hacia sus ojos, sin importar, cuándo, ni cuánto, ni las decenas de veces que he dicho: basta.

SERIE: LO QUE ES ARRIBA ES ABAJO
Fotografía 2016
Ethel Cooke.

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