¿Vale la pena? (La fe del gestor cultural, parte II.)

Nokta, Hablemos de Cultura es una columna cultural semanal y se publica todos los viernes en Tribuna del Yaqui. Versión impresa: sección Acentos. Versión digital: sección Opinión. 

No solo pertenezco a la generación X, esa la de la transición a nivel sociocultural y tecnológica, sino que también como profesionista me encuentro en medio de dos dimensiones respecto al tema de la gestión cultural: una tiene que ver con grandes promotores culturales y artistas incansables que han picado piedra durante muchos años y que hoy viven el cambio de paradigmas de muchísimas cosas, entre las más importantes: las fuentes de financiamiento; y la otra, es mucho más dramática, jóvenes egresados de los pininos y esfuerzos de Instituciones que han apostado por la gestión cultural como perfil profesional y que enfrentan el parto doloroso de la teoría del aula frente a una realidad bastante compleja: las fuentes de financimiento.

Ahí me encuentro yo, en primera fila junto con otros colegas, intentando valorar y dar su lugar al pasado, a aquellas viejas prácticas que ¨siempre han sido así¨ y las cuales ¨eran mejor antes que ahora¨, a la par del compromiso moral de impulsar a jóvenes que ¨van iniciando en esto¨ y que ¨merecen una oportunidad¨. La situación es desesperante y sobre todo: frustrante.

Pertenezco al lugar de ¨en medio¨ como se dice. Un sitio desconocido en el tiempo para la gestión cultural dónde aprendí que había que procurar fondos, dar resultados, guardar evidencias, responder auditorías, hacer presentaciones ejecutivas, navegar en la famosa planeación estratégica y sobre todo, comprender que mi papel no era de protagonista, más bien de mediadora, que mi tarea era negociar y comprender que al artista se le respeta al igual que los bienes patrimoniales y la cultura viva entre otras muchas lecciones que han dejado huella en mí… he llevado flotando en ese sitio desconocido durante 15 años o un poco más, el tiempo no importa en este caso, lo que si importa es que aprendí que lo más urgente era hacerse preguntas, preguntas siempre.

¿Vale la pena pertenecer a un consejo ciudadano de cultura municipal, de forma voluntaria, dando horas extras del día, estudiando, leyendo, negociando, buscando equilibrios? ¿Vale la pena hacer proyectos que sólo busquen la urgencia de unos miles de pesos sacrificando formas, métodos o impactos solo para entregar un reporte que cuadre? ¿Vale la pena justificarse en tener años de picar piedra y por ello deslindarse de hacer presentaciones ejecutivas precisas, con evidencias y claras? ¿Vale la pena el ensayo y error con dinero público para proyectos que desde un inicio se hubieran podido cancelar y fortalecer a otros proyectos con ese apoyo, solo porque había que dar una oportunidad a gente jóven? ¿Vale la pena debatir en la mesa acaloradamente y recibir señalamientos públicos por intentar que a todo proyecto se le trate de manera equitativa y transparente? ¿Vale la pena dar consejos de forma apasionada para proyectos que claramente no están preparados para las necesidades del contexto? ¿Vale la pena ser gestor cultural? ¿Vale la pena trabajar por la cultura en medio de la mediocridad, justificaciones, egos, limitaciones, falta de preparación (voluntaria, porque los espacios de capacitación los hay), falta de visión y sobre todo cinismo? ¿Vale la pena decir que, porque así se ha hecho siempre es así como debe ser y condenar las formas y maneras de organización cultural? ¿Vale la pena estar tan obsesionado por lograr un lugar en esta carrera que se necesite ser ventajoso? ¿Vale la pena callarse? ¿Vale la pena hablar? ¿Vale la pena denunciar? ¿Vale la pena hacerse de la vista gorda? ¿Vale la pena llegar a casa mortificada porque al parecer nadie comprende las cuestiones básicas de lo que hoy en día implica ser una pieza en el entramado de la cultura de una comunidad? O quizá si se comprenden, pero no están dentro de las prioridades o simplemente, se ignoran…

La respuesta la sé de sobra. Cuando yo tenía tal vez 18 años, mis padres no querían dejarme ir a Michoacán, al Congreso Nacional de Danza Jazz. Su método de arraigo fue negarme el dinero. Para mí, ir a ese lugar valía toda la pena, así que respire profundo y por primera vez en mi vida, busqué mi primer financiamiento: toque la puerta de la casa de Juan Manz, a quién siempre le he dicho tío de cariño y por algunas configuraciones cercanas familiares. Recuerdo que me moría de pena al platicarle la situación a él y a mi tía Chely. Cuando mi mamá se enteró me regañó y me dió el dinero parar ir a devolverlo, yo ya había pagado mi carnet y al final pude ir a ese congreso, que impulsó mi formación dancística, lo que me hizo convertirme después en instructora de danza y luego ser visible para ser invitada como auxiliar en eventos culturales y antes que yo recibiera mi título, ya sabía que quería dedicar mi vida para la adminstración de la cultura. Claro que vale la pena. Pero a veces, uno pierde la fe. Juan Manz fue mi primer mecenas y tal vez, si él no hubiera confiado en mí, con mucho o poco, me hubiera tardado más en llegar a dónde estoy. A él, todo mi respeto, admiración y cariño siempre. Hoy, doy clases a jóvenes estudiantes de gestión cultural, y cada vez que puedo les repito: ustedes son, quiénes estarán a cargo más tarde, háganlo bien, prepáranse con todo, en ustedes tengo puesta mi fe.

Y saben que, cada vez que entro al salón de clases y los veo a los ojos, hacen que valga toda la pena del mundo.

 

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