Bebe, sonríe, apaga la luz y se va. Día de muertos.

Originalmente publicada el 2 de noviembre de 2012 en www.erikatamauratorres.wordpress.com

Escucho mientras escribo, a Dario Marianelli, escucho la fabulosa banda sonora de Jane Eyre. Música preciosa. He estado escuchando el OST de Anna Karenina del más reciente remake, del mismo Dario, pero definitivamente para este día, para este nokta, la música de Jane es la que me tiene en un dulce trance: el piano, el violín… la cadencia.

Si pueden, escúchenlo, basta que abran youtube y lo tecleen. Así. Dario Marianelli. Listo. Pueden acompañarme mientras escuchan, y platicamos.

Tengo ganas de pan de muerto. Pero del bueno. Pan con azúcar. Pan recién salido del horno calientito, con algo de mantequilla y azúcar… alguien me mencionó antenoche en Twitter diciéndome que eso era lo más cercano al paraíso… no lo dudo ni tantito.

Bueno, lo cierto es que hoy es puente. ¿Por qué? Pues porque es día de muertos. ¿Y eso qué? Pues que a los muertos se les respeta. Y se les extraña. Y mucho.

Entré anoche a mi casa, (la de mi mamá pues, porque sí, a mis treinta aún vivo con mi madre, pero ya mero salgo, ya merito…se los prometo) Así como película, de esas que panean la cámara, lo primero que ví fué un altar, con todas las de la ley. Era para mi abuelita y mi hermanita.

Me detuve un ratito y lo ví, ¿y saben qué? Entendí. Supe en mi corazón porqué hacemos esas cosas que pueden parecer para otros algo incomprensible.

Lo hacemos por que los queremos. Y los extrañamos. Y mucho.

Mi mamá se dió a la tarea durante la tarde (me imagino que junto con Lety) de mostrarle y explicarle a mi hijo de 5 años porque se ponen fotos de personas que no están, porque se ponen flores y velas, porque se ponen calaveritas y cosas que pertenecían a los de la foto.

Nunca he sido fan de los altares, se los confieso. Pero este año, con tanto cambio en mi vida, (para bien por supuesto) veo que lo que uno tiene y le da esencia es fascinante. Yo no soy de tradiciones (eso creía) más bien, me postulo un tanto existencialista, pero, la verdad antier que ví el altar, me sentí profundamente conmovida y agradecida, afortunada porque estuviera ahí. Me sentí aliviada. Quizá por que todos tenemos algo con el asunto de la muerte, y por más que intentemos no podemos explicar ni terminar de comprender.

Decimos que eso pasa, que nos acostumbramos, que el tiempo lo cura todo… pero no es cierto. Nunca lo hacemos.

Por eso ponemos altares.

Más que para ellos, son para nosotros. Para intentar comunicarnos con nuestro propio entendimiento y corazón, para decirnos que todo está bien. Que ellos están bien. Que nosotros estamos bien. Para convencernos de todas las maneras posibles que a la muerte la preferimos tenerla cerca, y hablarle de frente, y darle de comer, iluminarle el camino (como si ella no supiera por dónde), le ofrecemos flores y preferimos pasar esta noche con ella, de cerca, a tener que dejarlos ir.

Y la muerte, ella como es, se compadece de nuestra pequeñez y viendo nuestra necesidad, se porta benévola, nos atiende como niños pequeños y por una noche, nos permite pensar que podemos tutearla… se acerca y bebe, nos deja decirle cosas, nos escucha rezar, nos deja pensar que ellos nos escuchan mientras come con nosotros, sonrríe, nos abraza y entonces se va. Apaga las veladoras y se va. Y es todo. Más que por ellos, para nosotros. Que los necesitamos.

La muerte nos tiene cariño. Porque sabe que no la entendemos y sabe que nos duele. Entonces la muerte vuelve a ser esa cosa misteriosa que es incomprensible, y nos anestesia para perder la memoria durante otro año más, hasta que llega de nuevo esta noche, la de hoy, en dónde la vemos de frente, y ellos vuelven, mientras bebe, mientras sonríe, mientras apaga la luz y se va…

“Para facilitar el retorno de las almas a la tierra, las familias esparcen pétalos de flores y colocan velas y ofrendas a lo largo del camino que va desde la casa al cementerio. Se preparan minuciosamente los manjares favoritos del difunto y se colocan alrededor del altar familiar y de la tumba, en medio de las flores y de objetos artesanales, como las famosas siluetas de papel. Estos preparativos se realizan con particular esmero, pues existe la creencia de que un difunto puede traer la prosperidad (por ejemplo, una abundante cosecha de maíz) o la desdicha (enfermedad, accidentes, dificultades financieras, etc.) según le resulte o no satisfactorio el modo en que la familia haya cumplido con los ritos. Los muertos se dividen en varias categorías en función de la causa del fallecimiento, edad, sexo y, en ciertos casos, profesión. Se atribuye un día específico de culto para cada categoría. Este encuentro anual entre los pueblos indígenas y sus ancestros cumple una función social considerable al afirmar el papel del individuo dentro de la sociedad. También contribuye a reforzar el estatuto político y social de las comunidades indígenas de México.”

-Día de muertos, Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, UNESCO.


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