Deja que la luz entre.

Toma un sorbo de aire, uno profundo, lleno de decisión y camina sin mirar a ningún otro lado que no sea hacia el frente.

Siente el temor, las dudas, la inseguridad, la debilidad y la imperfección en cada uno de tus huesos y conviérteles en energía pura. En oxígeno. En combustible. En fuego.

Observa fijamente eso que dicen es amor y no le apartes la mirada. No importa cuántas veces se transfigure (y en qué se transfigure) es amor. Lo sabrás porque habrás intentado absolutamente todo para hundirlo, ahogarlo, evadirlo… liberarlo… y al final, como una cita eterna, siempre sucederá y renacerá las veces que sean necesarias.

Cierra los ojos y abre la mente. Deja de apretar los dientes. Relaja tu mandíbula. Sigue respirando. Concéntrate y que tu voz sea firme. No titubees. Enfócate en el camino.

Supera los obstáculos. Uno a uno. Llega. Lógralo.

Abre la puerta y entra.

Deja que la luz entre por cada fisura de tus heridas, besando las sombras, prometiéndolo todo.

Dicen que del tamaño de nuestra sombra es la medida de nuestra luz.

Deja que la luz entre.

Deja que la vida suceda.

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