Sobrevivir (al Fútbol)

Lo mismo de siempre, originalmente publicada en Telemax el 3 de julio de 2026.

Por Erika Tamaura 

IG & X: @erikatamaura 

Uno de los jugadores de la selección mexicana metió su primer gol en un mundial con la cabeza. La espectacularidad del gesto no se puede medir solamente con la maniobra sino con un indicador más poético. Resulta que ese jugador se habría fracturado el cráneo al impactarse con otro hombre en la cancha en el 2020. El asunto fue tan grave que su vida estuvo en riesgo. Afortunadamente después de cirugía y recuperación, pudo volver a jugar y ahora lleva una banda negra en la cabeza que protege su placa de titanio cuando sale al campo. El jugador, que se llama Raúl, metió su primer gol en copas del mundo con la cabeza que le habían quebrado por accidente hace años. Desde mi punto de vista, no se trató de un movimiento de estrategia física, sino de un testimonio por haber sobrevivido a la misma cosa que ha amado tan apasionadamente y que casi pudo haberlo matado.

La mañana después del partido México-Ecuador ese que terminó por liberar la maldición de la selección mexicana para poder ir a un quinto partido de mundial después de cuatro décadas de espera, me puse a escuchar la crónica de Enrique Beas quién se refirió a Raúl Jiménez como “El sobreviviente” en una entrevista con Carmen Aristegui y la palabra me seguía dando vueltas en la cabeza. Me tomé mi café, jugué en el iPad, me bañé, fui al súper, me puse a cocinar y no dejaba de pensar en esa palabra.

¿Qué significa “sobrevivir”? La RAE le define como: “el vivir después de la muerte de otra persona o después de un determinado suceso; vivir con escasos medios o en condiciones adversas y/o permanecer en el tiempo, perdurar”. Y también agrega: “seguir viviendo después de un suceso peligroso, una enfermedad o una catástrofe, o bien lograr mantenerse con vida en condiciones adversas o con escasos medios”. 

Cuando se me ocurrió escribir sobre esto, estaba experimentando (al igual que todos los mexicanos) esa euforia colectiva por el triunfo de nuestro equipo de fútbol  y tenía tantas cosas que decir sobre el momento de alegría que estábamos pasando cómo país y cómo comunidad hasta que, en menos de media mañana, la conversación general dio un giro hacia los desafortunados accidentes y trágicas noticias consecuencias de los festejos. Una vez más, el momento utópico de México estaba siendo sosegado por una realidad que no aplica solamente al fenómeno mexicano sino a la euforia masiva en general. Aquí y en cualquier lado. Y de repente, al lado de las noticias de la afición mexicana, te topabas con personas citando el “Laberinto de la Soledad” de Octavio Paz y conversaciones teóricas sobre antropología social para intentar comprender la emoción masiva de un país distribuído en todo el planeta y su alegría salvaje. 

Encontré un ensayo de Adam Grant, un psicólogo enfocado en cómo las personas encuentran motivación y significado en la vida diaria titulado: “La alegría que nos falta” en el cuál cita al sociólogo Émile Durkheim mencionando el término “Efervescencia colectiva”. Según esta teoría, cuando un grupo se reúne con un propósito compartido (ceremonias, bailes, protestas), se genera una energía emocional unificada que fortalece los lazos sociales y el sentido de pertenencia. Luego menciona a Sigal Barsade, profesora de Gestión en Wharton e investigadora del tema que dice: “Las emociones son como enfermedades contagiosas: pueden transmitirse de una persona a otra. El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”. 

Dicen por ahí que, si llegamos a ganarle a Inglaterra el domingo, la cosa va a explotar. Alfredo Figueroa comentaba con Carmen Aristegui que el efecto social que puede surgir de este momento particular sea el “generar un simbolismo importante y una reflexión en nuestra sociedad mexicana sobre las posibilidades que tiene un país de no siempre fracasar en sus proyectos.” 

La alegría es una emoción y la ciencia dice que las emociones duran unos segundos. Lo que permanece después se traslada al sentimiento, que es una construcción más compleja que se integra de pensamientos, recuerdos y experiencias. 

¿Será que estamos tan acostumbrados al sufrimiento que no sabemos manejar la alegría masiva?

¿Será que aparte de todo el dolor que hemos tenido que sobrevivir cómo país y cómo individuos, también tengamos que sobrevivir a la alegría? 

Con amor, 

Erika. 

Crédito de foto: Natasha Pisarenko para AP News. Sigue el Instagram de la foto periodista aquí: 

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