Con un pie afuera. En búsqueda de lo que teníamos

Refracción es una columna cultural semanal y se publica los miércoles en Proyecto Puente

“Estoy convencido de que aquella falta de memoria con respecto a tales detalles me hicieron llorar interiormente, que es el llanto más triste de todos.”

-Charles Dickens, Grandes Esperanzas. 

Cuarentena, semana 8. 

En algunos lugares del mundo, los espacios inician a abrirse de nuevo al público con el objetivo de reactivar la economía y regresar al punto dónde alguna vez nos quedamos. El pasado fin de semana, yo y mi familia nos aventuramos a salir por primera vez después de dos meses de estar en casa. Estábamos brincando de las ganas que teníamos de empezar a salir al exterior. 

Primero, fuimos mi esposo y yo. Recorrimos nuestra lista de restaurantes favoritos y decidimos llegar a uno. Creo que yo estaba nerviosa porque me tropecé en la puerta de entrada, luego me senté y me dieron una hoja desechable como menú que se me resbaló, cayó al piso y cuando quise agacharme por ella al incorporarme me golpeé el costado derecho con la esquina de la mesa y cuando quise dar el primer sorbo a mi margarita moví el popote de tal manera que tiré los hielos sobre la mesa. En las televisiones del lugar aparecía un juego de futbol con público en el estadio y nos dijimos a nosotros mismos que debía ser grabado… detrás de mi asiento estaba una estación de limpieza con todos los artefactos necesarios para desinfectar, todo. 

Las demás mesas, como terreno minado tenían avisos que marcaban el distanciamiento social necesario y la explicación de que solo podían estar cierto número de personas dentro del edificio. Los meseros con mascarillas y guantes, nos daban la bienvenida como si fueramos actores de Hollywood. Pedí una hamburguesa… había deseado tanto ese momento… y me sorprendí deseando estar comiéndola en casa, en mi pequeño bunker, resguardada. No era lo mismo, no se sentía igual a cómo lo recordaba. Aquello era como una película de zombies a punto de aparecer en cualquier momento. Obviamente, disimulé, sonreí y me dije: “todo está bien, es normal, es de esperarse, quizá es muy pronto, poco a poco la cosa regresará a cómo era antes.”

Al día siguiente, decidimos aventurarnos e ir por unas hamburguesas en familia. Bajarnos del carro fue extraño. Era cómo si llegaramos a una barricada. Los cristales del lugar estaban abrumados por letreros de advertencias. Entramos y tuvimos que sentarnos en dos mesas diferentes, por el distanciamiento social y por el reacomodo de la infraestructura para la capacidad instalada permitida.  Eramos los únicos dentro. El restaurante se sentía como un pueblo abandonado. El olor a cloro en todo el ambiente se mezclaba con la comida. 

Mientras nos subíamos al carro para volver a casa pensé: “esto va a ser más difícil de lo que imaginé.” Y entonces, al entrar en casa soltamos el cuerpo, el aire se sentía más relajado y nuestro pequeño bunker parecía el lugar más cómodo, seguro y conocido de todos. Yo sentía una especie de culpa mezclada con depresión. Saqué las cosas para hacer galletas en el horno como hemos estado cocinando (comida casera) en los últimos meses… y sentí un alivio incómodo. Es que yo no quería que esto fuera así. Es que todos necesitamos salir… ¿pero así?

Entonces abrí la puerta del patio y me tomé un vaso de agua afuera. No podía dejar de pensar en cuánto tiempo tendrá que pasar para que volvamos a disfrutar el poner un pie más allá de los límtes de nuestra casa. Y es que así no… así no. 

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