Un segundo para reconciliarse con la vida: para mi padre. 

Originalmente publicada el 26 de junio de 2015 en mi blog. 

El pasado lunes falleció mi padre. Fué algo que si bien sabíamos que podría suceder en cualquier momento, uno nunca está preparado para cuando pasa. 
Quiero dedicar esta columna a mi padre, haciendo una reflexión y compartiendo su testimonio en respuesta a todas las atenciones, amor y apoyo que mi mamá, mi abuela, mi familia y yo hemos recibido durante esta semana. 

Los problemas con mi padre los inicié a tener cuando crecí. Cuando dejé de ser la niña que se sentaba en sus rodillas… cuando mis elecciones reflejaban lo que yo quería, no lo que él quería para mí. 

Mi padre escuchaba a José José y a Pandora. Cantaba muy bien. Por alguna razón, no recuerdo mucho de varias cosas. 

Hay personas que tienen rutinas con sus padres, yo más bien tenía peleas. Nunca le gustó que me dedicara al asunto de la cultura, pero él era un bohemio. Jugaba dominó y boliche. Le encantaba pescar. 

Cuando las cosas en mi vida no funcionaron como el protocolo social decía que debían hacerlo, peleamos de nuevo. Mi hijo se convirtió en su nieto y poco a poco Erik fue moneda de cambio para limar asperezas. 

Mi papá era necio y difícil. Pero también era noble y tenía un buen corazón. Era muy impulsivo y era muy visceral. Y me regañaba a mí porque yo era igual. No recuerdo muy bien su rostro antes de la enfermedad. Desde el 2006 (o tal vez desde antes) mi padre inició su largo proceso de depresión y de mala salud. Fuertes problemas de trabajo federal y la muerte de dos hijas fueron parte importante de su historia personal. 

El domingo antes que falleciera, mi mamá me dijo que probablemente ese sería el último día del padre que tendríamos con él. No le hice caso y solo fui por un minuto a verlo. Pasé la mañana trapeando y limpiando mi casa, llevé al cine a mi hijo y compré una bolsa de tomates que mi madre me encargó. 

Le dí un beso a mi papá en la frente. Yo no sabía que iba a ser el último. 

Yo estaba en la oficina cuando me avisaron. Me encontraba llenando una solicitud para participar en un proceso de desarrollo profesional y mientras yo me concentraba en mi futuro, mi padre expiró. Un infarto. 

A mi disfraz de valiente y neutral le temblaba la mano, le apretaba el pecho y le ardía el estómago. El asunto del llanto iba y venía entre la logística de una muerte. 

Ese mismo lunes lo velamos. No dormí nada esa noche. Me había ido de la funeraria a mi casa con el pretexto de descansar, pero lo que realmente pasó es que tuve una larga charla con mi padre. Escribí lo que diría al siguiente día en misa cuando me tocara el turno de agradecer por parte de la familia. Lloré mucho esa noche, y lloré durante toda la misa. 

Después, por la tarde, fui a recibir las cenizas de mi padre, quién hace unos días atrás, tenía miedo de morir, no quería dormir solo, sufría su condición física de años y años intensificada en los últimos dos meses e intentaba comer. 

Mi padre quiso vivir pero ya era muy tarde. El momento había pasado. Su cuerpo ya no le respondería… Pero creo firmemente que así sea por un segundo que el espíritu humano tenga la iluminación y conciencia de la maravilla de la vida, ese momento lava toda nuestra historia y te hace irte de este mundo en paz. 

Creo que si mi padre tenía deuda con la vida, la saldó en estos últimos días. 

Yo pude tener mi reconciliación con él en el hospital, y lloramos juntos. 

Agradezco con todo mi corazón a mi familia, mis amigas, mi pareja, y a todas y cada una de las personas que estuvieron con nosotros dándonos tanto amor y apoyo, en especial quiero agradecer a mis jefes y a mi insustituible equipo de trabajo y personal de ITSON que estuvieron al pendiente de mí y mi familia con tanta delicadeza. 

Dicen que la vida sigue y estoy de acuerdo. El problema es cuando la vida se acaba. 

No fué demasiado tarde papá, lo hicimos a tiempo, ambos entendimos al final, que teníamos el mismo corazón y mis lágrimas fueron sinceras… aunque hayamos durado alejados tanto tiempo, los grandes amores solo necesitan un segundo para reconocerse nuevamente. 

Buen viaje papá: Libre del dolor, libre de la tristeza y de la angustia… Buen viaje. 

Muchas personas contarán de su historia las mieles, yo prefiero contar mis hieles, porque si algo hacíamos tu y yo era hablarnos siempre de frente y a quemarropa.  

Estaba muy segura que cuando sucediera esto, mi postura sería diferente: fría, indiferente, distante. El proceso de renacimiento que hemos tenido como padre e hija inició con la muerte y ha sido sumamente valioso para mi descubrir que no importa cuanto nos hayamos lastimado o distanciado, te amé y te amo con todo mi corazón papá. Y te siento aquí, conmigo más cerca que nunca. 

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