La prisión de las raíces.

Refracción es una columna para Proyecto Puente, se publica semanalmente cada lunes.

El letrero decía: “Tamales Doña Tere”. Ahí en la cuadra dónde hay una panadería en la que encuentras “pan estilo mexicano” hay también al lado una paletería que intenta vender nieves y tostitos preparados como si estuvieras en México… en el centro de la cuadra hay un súper que está acomodado cómo si fuera un abarrotes y al final de la banqueta, hay un local que vende tamales. Entré emocionada. 

Las señoras que atienden el local te hablan con cariño, te dicen “mi amor” y cuando te ponen el plato en la mesa le agregan un: “aquí está tu tamalito calientito”,  cómo si uno no se diera cuenta que al hablarte de esa forma van a hacer que quieras más comida tal cual si estuvieras en la casa de tu madre o de tu abuela, porque no es cierto que uno come por que tiene hambre, uno come porque quiere amor. 

El lugar tenía dos pantallas planas en las que se proyectaban fragmentos de videos de diversos pueblos de México. Colgado en el techo, había papel picado artificial, con artificial me refiero a que era de plástico, así como las flores. “¿Aquí está la señora que hace los tamales?” le pregunté con un tono necesitado de que me dijera que sí, yo quería sentir que ahí adentro en la cocina alguien de México estaba haciendo la comida. “Claro que no, la empresa ya nos lo manda listos, esto es una franquicia.” La magia que yo había querido sostener tan ardientemente incluso dejando pasar los detalles artificiales me pegó en el pecho. Esto no era México y no había ninguna señora allá adentro a la que yo pudiera decirle que qué buenos estaban sus tamales. La verdad es que el tamal que me comí no le llegaba a los talones a los de mi tierra pero yo quería fingir que sí, porque era lo único que tenía. 

Escucho a mucha gente decir con orgullo que son mexicanos, yo me encuentro en una pequeña crisis en estos momentos… a veces preferiría no serlo. A veces quisiera no haber crecido y conocido lo que significa el ritual de comer tamales en casa, o que tu madre o tu abuela te obliguen a comerte 3 platos de pozole. A veces desearía que no me hubieran condicionado el concepto del amor con la comida, porque en México si estás feliz comes, si estás triste comes, si alguien muere comes, si te parten el corazón, comes. Me hubiera gustado que no me hubieran hablado con cariño mientras me daban un plato de frijoles o alguna de esas cosas que hacen que uno se sienta mejor como el arroz con leche o el camote en dulce que yo probaba de chiquita. 

El problema de que en Estados Unidos o cualquier otro país la comida sepa diferente o no a la de México no es que detone tus memorias a través de los sentidos, caray eso es lo menos grave que considero de ello. Lo que realmente me aterra es que la ausencia de ello nos detona la certeza de que estamos en otro momento y otro lugar, y si algo tenemos los mexicanos en las venas es nostalgia y esa, es la prisión más impenetrable de todas. 

Con cariño a todos los mexicanos que extrañan la comida de su tierra. 

Crédito de imagen: Pieza de la exposición “Arte objeto Mazahua” de Isabel Quijano con bordado de la Familia Reyes Martínez, Centro Cultural Banamex, Mérida Yucatán, Julio 2009. 

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