El pasado simple y una lección aprendida del inglés.

Refracción es una columna semanal y se publica todos los lunes en Proyecto Puente.

Mi relación con el idioma inglés comenzó cuando yo tenía 10 años. Mi padre había sido trasferido de lugar de trabajo a la frontera y así llegamos a vivir a Ensenada. Todos los fines de semana mi papá me daba un puñado de dólares, no recuerdo cuántos exactamente pero eran suficientes para que una niña-adolescente regresara con las manos llenas de un centro comercial. Además, era la etapa de renacimiento de Walt Disney, acababan de producir “La Sirenita” y aquello era el inicio del más poderoso y monstruoso imperio de marketing que se haya podido vivir en el planeta hasta el día de hoy: las princesas de Disney. Por supuesto, yo solo tenía acceso a las películas en el idioma original, inglés, así que las canciones me las aprendía en el idioma. Yo no sabía con certeza lo que cantaba, pero yo lo cantaba a como podía. En mi cama había un muñeco Flounder de peluche, una réplica exacta del espejo de “La Bella y la Bestia” y una lámpara de “Aladino”. Esas tres reliquias fueron mis tesoros por mucho tiempo. Hasta que crecí y en algún momento cometí el error de creer que nunca las volvería a necesitar porque eran juguetes. Cómo lamento no tenerlas conmigo ahora. 

Mi madre, cuya visión era de águila (y aún lo sigue siendo) me inscribió a campamentos de verano para aprender inglés: Chulavista, San Diego, no recuerdo bien dónde, pero sé que no era mi temporada preferida. No entendía nada, pero me gustaba la comida que me daban. Simplemente me parecía una pérdida de tiempo, no sentía que avanzara o que hubiera algún efecto en mí. Por si eso fuera poco, mi madre (esa mujer otra vez) pagó  clases particulares con una maestra dedicada exclusivamente a mejorar pronunciación, una hora, de lunes a viernes. Yo lloraba porque odiaba ir a esas clases.  La maestra era muy linda, pero me ponía a leer y a leer y a hablar y hablar durante una hora. No recuerdo cuando paró aquello, pero todo terminó cuando regresamos de nuevo a nuestra ciudad de origen, y entonces, en la preparatoria tomé un examen para exentar la materia de inglés, así que siempre tenía una hora libre, la cual usaba para sentarme sola en la cafetería y dibujar. 

Desde ese momento, jamás volví a tomar una clase de inglés. Durante más de 20 años no abrí ni por equivocación un libro o practiqué el idioma con nadie. Sin embargo, “Cheers”, “Gilmore Girls”, “Friends”, “ER”, “Nikita”, eran las personas y voces con las que me gustaba recordar que yo sabía un poco de inglés. Y lo disfrutaba. El sonido del idioma me recordaba mi niñez, la carretera panorámica de Ensenada, el capitalismo, y el pollo frito de “Church´s Chicken”. 

Nunca volví a necesitar al cien por ciento el inglés para algo, fuera de pequeñas traducciones, canciones o el internet… pero hoy vivo en Estados Unidos, y me encuentro ayudando a mi hijo de 12 años para que aprenda el idioma, y yo misma estoy en un proceso de quitarme el polvo de tantos años y rescatar de mi pasado lo que sé que debo de saber. 

Soy maestra universitaria. Soy gestora de proyectos. Soy obsesiva, perfeccionista, la que siempre quiere estar en el cuadro de honor de la clase. Soy la típica persona que quiere tener las mejores calificaciones, los mejores resultados, la controladora. Antes de mudarme a Estados Unidos, tomé un nuevo examen TOEFL para probar que no había olvidado lo que aprendí y que aún era buena en el idioma. Por supuesto que para no dejar margen de error, tomé clases de preparación para el examen. No puedo describirles la presión que sentí cuando me di cuenta que no era como aprender a andar en bicicleta, el tiempo que dejé de practicar me cobró duro el abandono. Yo me sentía “Good” y solo obtuve un “Fair” en mis resultados. Eso no era posible, yo debía saber más inglés que lo que había logrado. 

Mi hijo, tuvo la suerte de ingresar a una escuela cuyo distrito maneja un programa que se llama “New Arrival Center” (NAC) en el cuál se reciben, atienden y habilitan a todos los estudiantes que no cuentan con inglés como primer idioma. El distrito escolar también cuenta con clases gratuitas para los padres de familia, en nivel I y nivel II. Entonces decidí llevar la clase. “No necesitas la clase, tu sabes el idioma”, me dijo mi marido, y le respondí que no era suficiente, que estaba empolvada, oxidada y que quería realmente hablarlo de forma fluida y correcta. Así que me inscribí a una clase en la cual no hay sorpresas ni nivel de dificultad, pero para convencerme que había hecho una buena elección estratégica me dije a mi misma que por lo que realmente yo iba era para mejorar mi pronunciación. 

Mi soberbia y mi error salieron a la luz en las primeras semanas. Ni yo era la niña de aquel campamento de verano, ni la de las clases particulares que había pagado mi madre por vanidad. Era una mujer hispana en un salón, con personas de todo el mundo: China, Afganistán, Africa, Japón, Venezuela, Colombia, Chile, Guatemala, México y muchos lugares más, intentando vivir en un mundo dónde había que saber inglés. Ya no era vanidad, era la vida real y en cada clase, al tocar de nuevo los temas básicos de gramática y vocabulario me hacía preguntarme a mi misma porque es que en ocasiones subestimamos tanto nuestra creencia de que dominamos algo por completo. 

Tuve la osadía de faltar a clase en dos ocasiones, una porque nos escapamos a cenar, otra porque bajó la temperatura terriblemente y llovía, y la otra por que mi hijo se enfermó. En mi mente pensé: “de todas formas ni me he perdido de nada, ya me lo sé todo”. Y entonces, sucedió: llegué a mi clase después de esas ausencias y observé todas las páginas del libro que me había saltado y me di cuenta, que no lo sabía todo, que estaba siendo terriblemente altanera. Entonces la maestra dijo: Ahora vamos a ver el pasado simple. Fue ahí cuando mi mente se abrió de par en par: yo tenía esta terrible maña de decir mal el pasado en inglés, estaba manejando incorrectamente algo tan sencillo como eso y lo hacía por floja, por no querer recordar la gramática, por pensar que la brecha de veinte años no había causado daño en mí o en mis habilidades, por creer que algo se puede aprender, encapsular, guardar y volver a usar así como si nada, sin el menor cuidado posible, como si fuera algo que me perteneciera por defecto. Fui lo suficientemente vanidosa para creer que el inglés se quedaría conmigo solo porque alguna vez tuvimos una relación y que después de dejarlo en el olvido tanto tiempo, podría volver a él o él a mi como si nada hubiera pasado y hacer lo que le pidiera a mi capricho solo porque yo así lo quería. 

Un peso de humildad cayó sobre mi y escribí en mi libro al margen de la hoja, a un lado del tema de la lección de gramática: “el pasado nunca es simple, maestra”. Y entonces, ahora, con ese sencillo ajuste de realidad, cuando hablo en pasado, recuerdo que hay que tener cuidado con los cambios del verbo, sobre todo cuando uno hace una pregunta o negación, porque en esos casos, el verbo principal no cambia. 

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