De primaveras y cambios de piel.

Refracción es una columna sobre periodismo, cultura y atardeceres en Sonora. Se publica todos los jueves en Proyecto Puente. 

Los tiempos cambian. Nada permanece. Todo pasa.

La primavera significa más horas de luz.

Diversos organismos en la naturaleza experimentan la llamada ¨muda¨ que consiste en transformación, cambio, abandonar para seguir.

La primavera convoca nuevos inicios, primeros brotes, resurgimientos o nacimientos.

Dicen que uno se enamora en esta época del año, que los latidos del corazón aumentan, que se ruboriza el rostro y que las manos sudan.

La primavera indica que hay que preparar la tierra para sembrar.

Algunas personas toman sus macetas y siembran verbena, romero y clavo. Otras preparan agua con mejorana, tomillo y ruda y la esparcen en su hogar. También hay gente que traza círculos en la tierra, hechos con pétalos de flores y baila y canta alrededor. He escuchado también que los deseos se escriben en tablas de madera en primavera. Quemar incienso de copal y beber cacao también es buena idea según dicen.

En la primavera se florece.

Siempre sera propicio, necesario y emocionante cambiar de piel, regenerarnos, madurar, cambiar. Dicen que la muda no duele. El periodo entre cada muda se llama estadío. Los seres vivos entran primero a un periodo de reposo antes del cambio. En las aves, las plumas de vuelo son reemplazadas de una en una iniciando desde su parte interna, después la parte externa comienza a desprenderse.

La primavera está llena de pieles, plumas, esqueletos y cosas que se van quedando atrás para dar paso a lo nuevo, a las mejores formas tan necesarias para continuar con los ciclos que dan movimiento al pacto natural.

La primavera trae consigo todo lo que siempre promete traer: nueva vida.

No importa el momento en el cuál nos encontremos: mudar de piel no es opcional, es la parte del proceso existencial que nos prepara para encontranos con alguien más, que al igual que nosotros, quiera más horas de luz, resurgimientos, vuelos.


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