Olvidemos.

Las cosas, si se acaban.

Y el olvido llega.

De la forma que sea, pero pasa.

Uno piensa que existe el para siempre, hasta que uno realmente quiere.

Es curioso, una vez, de niña, mi mano izquierda tuvo una herida por una botella de vidrio, hace dos años, con un cuchillo…

Me dolió, me asusté, me enojé conmigo misma, me volvía a doler cada vez que limpiaba la herida o movía mi palma…

Esta noche, veo mi mano izquierda, y veo las dos cicatrices.

A veces, cuando hace frío, me duele un poquito la herida del cuchillo…

Pero por lo general, las cicatrices no me duelen.

Se confunden con las líneas para lectura del destino, pero nada más…

A veces, también, en algún momento, no sé decirles cuando, la cicatriz de mi cesárea me recuerda que está ahí y me punza un poco…

Mi cuerpo tiene cicatrices.

Lo cual es signo que he pasado dolor.

Esta noche, las toco, y pienso: el dolor pasa. Todo pasa.

Lo que te dolió tanto en algún momento, pasa.

Cicatriza.

Luego, esas cicatrices se funden con tu cuerpo

y se vuelven un pigmento más de tu piel.

El dolor es parte de nosotros.

Para cicatrizar, hay que reposar. A veces, inmovilizar.

Permitir que el cuerpo abrace la herida y se tienda sobre ella, que funda lo roto.

Con el tiempo, las cicatrices también se pierden en los momentos de la historia.

“Qué curioso, ya no recuerdo cómo se sentía este dolor.”

Esta noche, beso mis cicatrices.

Y mi memoria empieza a olvidar cómo es que se sentía el dolor.

Y el recuerdo se vuelve eso, un recuerdo.

En otra vida y en otro tiempo será.

Por lo pronto, el olvido tarda, pero llega.

Se los digo yo, después de olvidar tantas veces.

El olvido sucede, a fuerza de llorar una última vez, un domingo, en un aeropuerto.

Ahí se deja todo. Lo demás, es proceso de cicatrización

Olvidemos de verdad.

Así como el cuerpo olvida el dolor.

Así, olvidemos.

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