Refracción es una columna sobre periodismo, cultura y atardeceres en Sonora. Se publica todos los jueves en Proyecto Puente. 

Dentro de la gramática tradicional, NO se clasifica como un adverbio de negación, sin embargo su comportamiento morfosintáctico es más complejo que el de los adverbios convencionales. NO es incompatible con algunas formas del verbo, como el imperativo.

-Marianna Pool Westgaard. Estudios de Lingüística formal, Colegio de México.

Mi madre me educó para decir siempre que sí, saludar o felicitar en las reuniones o cumpleaños, aún si yo no quería hacerlo: por educación y por el asunto de que yo nunca iba a saber cuando podría ocupar algo de esa persona y más me valía que estuviera bien con quien fuera. Esa diplomacia me la inculcó sobre todo con familiares. Desde que murió mi abuela y se rompió el ritual de las reuniones en su casa cada domingo, se me ha dificultado un poco frecuentar a mi familia por mi propio pie. No sé si esa programación diplomática tuvo algo que ver en ello. En el último año, parte de mi trabajo de terapia personal se ha basado en reprogramar mis procesos mentales y saber que decir NO, es a veces muy necesario.

Decir NO en la gestión cultural.

Voy a decirlo claramente: el trabajar por el desarrollo cultural no implica que todo tenga que tener un SI de respuesta para que las cosas avancen o sucedan. Un gestor cultural no debe ser crucificado si dice NO. Esto lo pienso desde el concepto generalizado sobre que la cultura es débil, rezagada y al margen. Señores, la cultura no es la pobrecita de la novela como siempre nos lo hacen (o hacemos) creer. Es un error victimizar a la Cultura. Somos los gestores o los promotores culturales los que no estamos muchas veces a la altura de lo que gestionarla implica y requiere. La cultura por sí misma es un capital sumamente valioso y seamos sinceros, si la cosa no avanza, es por aquellos que no sabemos gestionarla de la mejor manera.

Hace años, le pregunté al Mtro. Gonzalo Rodríguez Villanueva, economista y rector de ITSON en ese momento, sobre el tema de que necesitábamos ayuda, y que en el área de cultura ocupábamos que la gente que tomaba las decisiones nos tomara en serio, que ocupábamos recursos, que necesitamos de su ayuda. Lo que me dijo de frente y con voz firme, se convirtió en mi mantra desde entonces. Me dijo: ¨ Erika, en la medida que tú le des valor a lo que me pides, en esa medida los demás se lo darán.¨

En ese momento me quedé muy pensativa y hasta me sentí un poco desilusionada porque creí que esa respuesta era un golpe innecesario. ¿Cómo creía mi rector que yo, mis jefes o el equipo, no lo dábamos el valor a lo que hacíamos?… Incluso me ofendí un poco.

Pude comprender lo que el Maestro Gonzalo me quiso decir en ese momento, después de años y rudos aprendizajes. Al finalizar su administración, yo había aprendido que la cultura es también un recurso que debe ser administrado con la agudeza de quien dirige un banco, quién construye un puente o quién diseña algún proyecto hidráulico. Obviamente, con la justa medida desde su peculiaridad y elementos que la distinguen, la cultura debe dejar de ser promovida como la mártir en la que nos hemos vueltos fans de convertirla. Tenemos que estar al nivel de lo que significa trabajar por ella.

Entonces, aprendí a decir NO e hice un pequeño decálogo para mí misma y lo uso siempre que las circunstancias me arrinconan para obligarme a decir SI. Lo comparto:

  1. Aprendí que cuando las alianzas en cultura no son justas entre personas u organizaciones, quienes bajo la bandera de que no tienen dinero o recursos se alían con otras para lograr evidenciar impactos y trabajos, es sano decir que NO. (Una vez está bien, pero ya adjuntarse de manera constante sin siquiera mover un dedo, es bastante patético).
  2. Aprendí que los acuerdos políticos en cultura son peligrosos y que cuando se quiere usarla para generarse imagen y campaña hay que decir NO.
  3. Aprendí que la cultura no debe ser rehén de ninguna persona o institución y que cuando ciertos agentes o líderes culturales desean intervenir de manera dominante en políticas y programación por caprichos personales hay que decir NO, aún cuando estén disfrazados de buenas intenciones.
  4. Aprendí que en el escritorio, el presupuesto es limitado, y que cuando ese dinero se usa en proyectos culturales, hay que decir muchas veces NO, porque decir NO, nos obliga a ser más cautelosos, creativos y estratégicos.
  5. Aprendí que las inversiones en cultura deben hacerse y que los contratos de responsabilidades entre las partes que intervienen deben quedar claras y de no honrarse, hay que saber decir NO a tiempo, antes que la pérdida de alguna de las partes, cause desprestigio gratuito a la otra.
  6. Aprendí que uno DEBE planear. La cultura se merece la planeación estratégica y que cuando no se respetan los tiempos acordados, hay que también decir NO, para contribuir a repensar, reflexionar y valorar.
  7. Aprendí que la gestión cultural profesional debe nacer frente a la dinámica institucional por parte de iniciativas ciudadanías y lograr alianzas cuando el resultado sea estratégico para ambas partes, así como también, que no es deber de las instituciones dar pecho a proyectos independientes por tiempo indeterminado. Por el propio bien de la gestión cultural independiente, se debe decir NO.
  8. Aprendí que cuando los riesgos son evidentes y se muestran una proyección clara de crisis a la vista bajo la responsabilidad del gestor, se debe decir NO sin titubear.
  9. Aprendí que hay mil maneras diferentes de decir NO sin ser grosera.
  10. Aprendí que tengo que decir NO cuando mi instinto me lo diga. Porque decir NO encamina a mejores prácticas, mejores resultados y mejores procesos en la gestión cultural.

Es muy romántico pensar que en la gestión cultural se debe decir siempre que si o por el contrario estaríamos traicionando a la pobre cultura. Olvidemos antiguos discursos. El reto de decir o recibir un NO logra crecimiento y aprendizaje.

Dejemos de poner a la cultura en el terreno de la debilidad y la desventaja, más bien, sugiero encarecidamente que quienes estemos cerca de ella con nuestros personajes relacionados con la gestión cultural, nos pongamos a la altura y seamos los mejores gestores culturales con todo lo que ello implica. Claro, nadie es perfecto, pero decir que NO, de seguro nos hará mejor a todos. Si la vida cultural que generamos no tiene el suficiente apoyo, posicionamiento o visibilidad, es también por nuestra responsabilidad de gestores culturales. Dejemos de darle la total culpa al gobierno, al clima y a la educación primaria-familiar.

La gestión cultural surgió como disciplina formal en la década de los setenta. Esto es relativamente joven señores. Por lo tanto, tenemos mucho que hacer para lograr alcanzar a las otras ciencias y cátedras. Por lo que más quieran, dejemos de ser las víctimas y pongámonos a trabajar. Estoy harta, HARTA de que el discurso de todos sea que la cultura es la parte débil de la cadena alimenticia. Cambien el chip por favor. Denle el valor, para provocar que otros se lo den.

Es como en la terapia: si sigues diciéndote a ti mismo lo jodido que estás, nunca saldrás de ahí.

Empoderémonos, caray. Dejemos de querer provocar lástima. El NO también es nuestro aliado. Integrémoslo al equipo.

Por lo pronto, yo no tengo inconveniente en pedir disculpas cuando digo NO o cuando cometo un error… pero ese tema mis amigos, es para otra columna.

 

 

 


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