Ojalá fuera como comer pastel el 10 de mayo.

Nokta, hablemos de cultura es una columna semanal y se publica los domingos en Tribuna Sonora.

Ojalá ser mamá fuera así de bonito como lo dicen todas esas frases decorativas y gastadas.  Ojalá ser madre no fuera como cruzar el camino más oscuro que hayas atravesado nunca, o como estar un cuarto con la luz apagada dónde buscas y buscas y nomás no encuentras nada para sostenerte o guiarte. Ojalá ser mamá fuera tan lindo como dicen los poemas escritos en hojas de colores con macarrón pegado y brillantina que las maestras ponen a nuestros hijos a colorear en la escuela. 

Ojalá ser madre pudiera lograrse sin sentir esa culpa aguda que no deja dormir cuando das vueltas en la cama preguntándote si estás tomando las mejores decisiones para alguien más, decisiones que no son ni siquiera para ti pero que calan peor que si lo fueran. Ojalá no se sintiera como el peor de los remordimientos creyendo siempre que hubo algo más que pudiste hacer y que fallaste… 

Ojalá ser madre no fuera un fantasma de película de terror que nos persigue cuando aún no lo somos, cuando no sabemos si lo seremos o cuando ya hemos decidido no serlo. Ojalá pudiéramos escondernos del instinto, de nuestras células y de nuestra mente. Ojalá ser madre fuera algo tan sencillo como delimitar la fecha de caducidad de nuestra fertilidad. 

Ojalá ser madre nos expiara de todos nuestros pecados y errores cometidos en el nombre del amor, en el nombre del deseo de proteger, en el nombre de querer lo mejor para los demás, de hacerlo por su bien. Pero no, ser madre por santo que se escuche el título, no nos exime de juicios ni condenas y no importa cuánto desvelo, dolor, amargura, sangre, vida y años entreguemos como ofrenda al ritual de la creación, al final no poseemos ni nos quedamos con nada ni nadie, y nuestra ilusión de superioridad se desvanece con los primeros: “Déjame vivir mi vida”, “No te metas”, “Tú no me entiendes”, “Te odio”.

Ojalá al dar a luz, ingresáramos automáticamente al terreno de la sabiduría, y con esa promesa de abrir y desgarrar nuestro cuerpo para que otro ser pueda materializarse, se nos entregaran los códigos sagrados de las respuestas a la vida, para así saber con certeza que al final de nuestra existencia no terminaremos víctimas de nuestra propia obra creada, de aquél o aquella que bebió de nuestra venas para atravesar el umbral de la nada y poder ahora serlo todo… ojalá ser madre fuera tan afable como poner flores en agua y comer una rebanada de pastel en algún día de mayo. 

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